Konrad o el niño que salió de una lata de conservas. La señora Berti Bartolotti se sentó en la mecedora y empezó a desayunar. Se tomó cuatro tazas de café, tres panecillos con mantequilla y miel, dos huevos pasados por agua y una rebanada de pan negro con jamón y queso y una rebanada de pan blanco con su foie-gras de ganso...
Es el prototipo de niño perfecto, mientras que su recién estrena madre es poco disciplinada y algo peculiar. Sin embargo, se quieren. Por eso, cuando se descubre que el pedido estaba equivocado, Bartoloti, con ayuda de la vecina Kitti y del farmacéutico Egon trazan un plan para conservar a Konrad. Consiguen que se comporte como un niño normal, enseñándole a decir tacos, a ensuciarse... La lógica racional de los comportamientos habituales se quiebra en este relato insólito donde un niño hecho "a medida" provoca situaciones anómalas y divertidas. Cuando Konrad conoce a su madre vestida a lo hippy y que lleva un modus vivendi atípico ha de ser comprensivo para establecer con ella una relación de afecto a cambio, ella le ayuda a adaptarse a un mundo donde los humanos no son perfectos, sino desobedientes y mal hablados, exceptuando al orgulloso padre adoptivo, Egon. El humor y la ternura de los personajes ponen de manifiesto las contradicciones y la hipocresía del entorno social.