La escasez de agua. Todo aquel que se ocupe de los problemas de nuestro tiempo referentes al agua, se encontrará, una y otra vez, con la expresión: "aguas vivas y muertas". Para unos, estos son conceptos evidentes que se presentan en su quehacer diario; otros rechazan este modo de expresarse, aduciendo que un agua no tiene jamás las características de un ser viviente, y que, por lo tanto, no podrá poseer tampoco las relativas a su muerte.
Pero el que sale de nuestras grandes ciudades modernas y se dirige a las montañas, y puede disfrutar del agua que mana, sin cesar, de las fuentes entre los pastos alpinos, ése sabe lo que es un agua viva. Entonces ya podrá saber de lo que se habla —precisamente por habitar en una gran ciudad— cuando oye la expresión de "aguas vivas y muertas". Desde luego, el sabe, que el agua potable de la gran ciudad reúne todas las propiedades higiénicas, a pesar de lo cual percibe inmediatamente la gran diferencia entre ésta y el agua de manantial en el campo. En la ciudad puede estar seguro, sin duda alguna, de que el agua que sale del grifo no contiene coli-bacilos, y que no hay en ella ni venenos, ni nitratos ni fosfatos. Sin embargo, ¿son suficientes estos requisitos para calificarla de lo que por propia experiencia, conoce como agua viva?